Gustavo Adolfo Bécquer

Monumento a Gustavo Adolfo Bécquer (Madrid)

Obra del escultor Santiago de Santiago, del año 1974. Aparece en la parte superior la figura en bronce del poeta; a su lado aparece una pareja como alegoría a LEYENDAS (escena de Los Ojos Verdes) y al otro una joven alegoría de RIMAS,

El conjunto escultórico está situado en el interior de la Quinta Fuente del Berro, actual jardín histórico-artístico.


La primera idea para un monumento al gran poeta y narrador tardorromántico Gustavo Adolfo Bécquer (1836–1870), inmortal autor de las “Rimas” y “Leyendas”, data de 1970, cuando se solicitaron propuestas a varios escultores, barajándose tres posibles localizaciones para el mismo: la Casa de Campo, el Parque del Oeste y el Parque de la Fuente del Berro.
De los tres proyectos presentados, el de Mena se rechazó por demasiado clásico y el de Coullaut–Valera por ser muy costoso, quedando el encargo en manos del escultor Agustín de la Herrán, cuya propuesta –valorada en 370.000 ptas– se aprobó en 1971, aunque fue posteriormente considerada demasiado moderna para su entorno , por lo que se paralizó la ejecución. Sin embargo, en 1973 se encargó directamente al escultor Santiago de Santiago un nuevo proyecto –con un presupuesto total de 2.200.000 ptas– que sí se llevó a término; inaugurándose el 8 de octubre de 1974 con la asistencia del alcalde, Miguel Ángel García Lomas, y de Julia Sanabre Bécquer, sobrina–nieta del poeta.

Rima LVI

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Hoy como ayer, mañana como hoy,
¡y siempre igual!
Un cielo gris, un horizonte eterno 
y andar andar.

Moviéndose a compás como una estúpida
máquina el corazón:
la torpe inteligencia del cerebro
dormida en un rincón.

El alma, que ambiciona un paraíso,
buscándole sin fe;
fatiga sin objeto, ola que rueda
ignorando por qué.

Voz que incesante con el mismo tono
canta el mismo cantar,
gota de agua monótona que cae
y cae sin cesar.

Así van deslizándose los días
unos de otros en pos,
hoy lo mismo que ayer… y todos ellos
sin gozo ni dolor.

¡Ay, a veces me acuerdo suspirando
del antiguo sufrir!
¡Amargo es el dolor, pero siquiera
padecer es vivir!

Rima VIII

4i88GgaV8qiFU89taP2MgKXzwntUGAvkoQiKU7VxyD37q97pB5BjmBQAiRenPfbwe17Qr3qxbfRDtTj1L9HUzCunUY3R2kYdbQyFzH7NBnPDSSeiwyF48fSdNmCuando miro el azul horizonte
perderse a lo lejos,
al través de una gasa de polvo
dorado e inquieto,
me parece posible arrancarme
del mísero suelo
y flotar con la niebla dorada
en átomos leves
cual ella deshecho.

Cuando miro de noche en el fondo
oscuro del cielo
las estrellas temblar, como ardientes
pupilas de fuego,
me parece posible a do brillan
subir en un vuelo
y anegarme en su luz, y con ellas
en lumbre encendido
fundirme en un beso.

En el mar de la duda en que bogo
ni aun sé lo que creo;
¡sin embargo, estas ansias me dicen
que yo llevo algo
divino aquí dentro!…

Rima XXVI

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Voy contra mi interés al confesarlo;
no obstante, amada mía,
pienso, cual tú, que una oda sólo es buena
de un billete del Banco al dorso escrita.
No faltará algún necio que al oírlo
se haga cruces y diga:
—Mujer al fin del siglo diecinueve,
material y prosaica… ¡Boberías!

Voces que hacen correr cuatro poetas
que en invierno se embozan con la lira;
¡Ladridos de los perros a la luna!
Tú sabes y yo sé que en esta vida
con genio es muy contado el que la escribe,
y con oro cualquiera hace poesía.

La promesa

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Margarita lloraba con el rostro oculto entre las manos; lloraba sin gemir, pero las lágrimas corrían silenciosas a lo largo de sus mejillas, deslizándose por entre sus dedos para caer en la tierra, hacia la que había doblado su frente.

Junto a Margarita estaba Pedro, quien levantaba de cuando en cuando los ojos para mirarla y, viéndola llorar, tornaba a bajarlos, guardando a su vez un silencio profundo.

Y todo callaba alrededor y parecía respetar su pena. Los rumores del campo se apagaban; el viento de la tarde dormía, y las sombras comenzaban a envolver los espesos árboles del soto.

Así transcurrieron algunos minutos, durante los cuales se acabó de borrar el rastro de luz que el sol había dejado al morir en el horizonte; la luna comenzó a dibujarse vagamente sobre el fondo violado del cielo del crepúsculo, y unas tras otras fueron apareciendo las mayores estrellas.

Pedro rompió al fin aquel silencio angustioso, exclamando con voz sorda y entrecortada y como si hablase consigo mismo:

-¡Es imposible…, imposible!

Después, acercándose a la desconsolada niña y tomando una de sus manos, prosiguió con acento más cariñoso y suave:

-Margarita, para ti el amor es todo, y tú no ves nada más allá del amor. No obstante, hay algo tan respetable como nuestro cariño, y es mi deber. Nuestro señor el conde de Gómara parte mañana de su castillo para reunir su hueste a las del rey Don Fernando, que va a sacar a Sevilla del poder de los infieles, y yo debo partir con el conde. Huérfano oscuro, sin nombre y sin familia, a él le debo cuanto soy. Yo le he servido en el ocio de las paces, he dormido bajo su techo, me he calentado en su hogar y he comido el pan a su mesa. Si hoy le abandono, mañana sus hombres de armas, al salir en tropel por las poternas de su castillo, preguntarán maravillados de no verme: «¿Dónde está el escudero favorito del conde de Gómara?» Y mi señor callará con vergüenza, y sus pajes y sus bufones dirán en son de mofa: «El escudero del conde no es más que un galán de justas, un lidiador de cortesía».

Al llegar a este punto, Margarita levantó sus ojos llenos de lágrimas para fijarlos en los de su amante, y removió los labios como para dirigirle la palabra; pero su voz se ahogó en un sollozo.

Pedro, con acento aún más dulce y persuasivo, prosiguió así:

-No llores, por Dios, Margarita; no llores, porque tus lágrimas me hacen daño. Voy a alejarme de ti; mas yo volveré después de haber conseguido un poco de gloria para mi nombre oscuro.El cielo nos ayudará en la santa empresa; conquistaremos a Sevilla, y el rey nos dará feudos en las riberas del Guadalquivir a los conquistadores. Entonces volveré en tu busca y nos iremos juntos a habitar en aquel paraíso de los árabes, donde dicen que hasta el cielo es más limpio y más azul que el de Castilla.Volveré, te lo juro; volveré a cumplir la palabra solemnemente empeñada el día en que puse en tus manos ese anillo, símbolo de una promesa.

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