Las perlas

Quien no ha pensado alguna vez, mirando los granizos saltar en el alféizar de la ventana y oyendo el repiqueteo de sus golpes en los cristales: —«¡Si estos granizos fueran monedas de cinco duros!» — ¿Y quién no ha añadido completando la frase, después de reflexionar un instante sobre los inconvenientes que traería á la sociedad esta riqueza repentina, que al fin y al cabo daría por resultado una pobreza general? —«¡Y sólo cayeran en el patio de mi casa!» —Porque en efecto, nada más inútil que el oro el día en que se hiciese tan común como el estaño. Todo lo que se prodiga es vulgar; nadie aprecia lo que no ha de causar envidia, y es seguro que hasta la salud se miraría como cosa despreciable, si no hubiese enfermos.

¿Qué piedras preciosas, qué objetos de lujo y de suprema elegancia habrá comparables á las flores, tan diversas en brillante color, caprichosas formas y suaves perfumes? ¿Qué hay, á pesar de esto, más vulgar que las flores? Es verdad que han tenido también su día de reinado; es verdad que su escasez, si no su belleza, las ha hecho objeto de lujo en épocas determinadas, pero alternativamente se han destronado unas á otras, para dejarle el puesto á la última y desconocida producción vegetal de un clima remoto.

Un hecho que ha tenido lugar últimamente en la famosa feria de Leipsick, á la cual acuden para hacer sus compras los más reputados joyeros alemanes, nos ha inspirado las ya vulgares reflexiones que dejamos hechas acerca de las causas de depreciación de ciertos objetos.

Parece que un comerciante de Ceylán, hasta ahora desconocido en la plaza, se ha presentado este año con una colección de perlas tan gruesas y tan nunca vistas por sus condiciones de Oriente, igualdad y trasparencia, que con justicia han sido colocadas en primer término y pagadas mejor que todas las otras perlas de que el mercado estuvo muy abundante.

Read more

Un lance pesado

6f4d0-1b099-13925182_697972097023370_5062130643636974270_n.jpg

Como a la mitad del camino que conduce de Ágreda a Tarazona y en una hondonada por la que corre un pequeño arroyo, hay una casuca de miserable aspecto, especie de barraca con honores de venta, donde los arrieros castellanos y aragoneses se detienen a echar un trago en los días de calor o a sentarse un rato a la lumbre cuando sopla el cierzo o cae una nevada. La venta no es de los lugares más seguros que digamos; las crónicas del país refieren mil y mil historietas de asaltos nocturnos, robos y muertes acontecidos en sus alrededores y sin duda alguna fraguados por los pajarracos de cuenta que aquí concurrían, y encubiertos por el antiguo ventero, hombre de tan mala vida como mal fin dicen que tuvo.

Las continuadas visitas de la Guardia Civil y el haber cambiado la venta de dueño han sido causas más que suficientes para hacer de aquellos lugares, antes temibles, uno de los pasos más seguros del camino de Tarazona. Así me lo aseguraron al menos gentes conocedoras de la comarca; pero, como suele decirse, cría fama y échate a dormir. Rara es la persona que cuando comienza a internarse en aquel barranco, donde por todas partes limitan el horizonte las quiebras del terreno y en cuyo fondo se ve la casuquilla sucia, oscura, y ruinosa y como agazapada al borde de la senda, al acecho del caminante; rara es la persona, repetimos, y sobre todo si tiene algo que perder, que no tienda a su alrededor una mirada de inquietud, y después de cerciorarse de que su escopeta está cebada y pronta, no arrima los talones a la caballería que le conduce, por aquello de que el mal paso andarlo pronto.

Read more