El aderezo de esmeraldas

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Estábamos parados en la carrera de San Jerónimo, frente á la casa de Durán y leíamos el título de un libro de Mery.

Como me llamase la atención aquel título extraño y se lo dijese así al amigo que me acompañaba, éste, apoyándose ligeramente en mi brazo, exclamó: —El día está hermoso á más no poder; vamos á dar una vuelta por la Fuente Castellana. Mientras dura el paseo, te contaré una historia en la que yo soy el héroe principal. Verás cómo, después de oírla, no sólo lo comprendes él título, sino que te lo explicas de la manera más fácil del mundo.

Yo tenía bastante que hacer; pero como siempre estoy deseando un pretexto para no hacer nada, acepté la proposición, y mi amigo comenzó de esta manera su historia:

— Hace algún tiempo, una noche en que salí á dar vueltas por las calles sin más objeto que el de dar vueltas, después de haber examinado todas la colecciones de estampas y fotografías de los establecimientos, de haber escogido con la imaginación delante de la tienda de los Saboyanos los bronces con que yo adornaría mi casa, si la tuviese, de haber pasado, en fin, una revista minuciosa á todos los objetos de artes y de lujo expuestos al público detrás de los iluminados cristales de las anaquelerías, me detuve un momento en la de Samper.

No sé cuánto tiempo haría que estaba allí regalándole con la imaginación a todas las mujeres guapas que conozco; á ésta, un collar de perlas; á aquélla una cruz de brillantes; á la otra unos pendientes de amatistas y oro. Dudaba en aquel punto a quién ofrecería, que lo mereciese, un magnífico aderezo de esmeraldas, tan rico como elegante, que entre todas las otras joyas llamaba la atención por la hermosura y claridad de sus piedras, cuando oí á mi lado una voz suave y dulcísima exclamar con un acento que no pudo menos de arrancarme de mis imaginaciones: «¡Qué hermosas esmeraldas!»

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La pereza

La pereza dicen que es don de los inmortales: en efecto, en esa serena y olímpica quietud de los perezosos de pura raza, hay algo que les da cierta semejanza con los dioses.

El trabajo aseguran que santifica al hombre: de aquí sin duda el adagio popular que dice: «A Dios rogando y con el mazo dando». Yo tengo, no obstante, mis ideas particulares sobre este punto. Creo, en efecto, que se puede recitar una jaculatoria, mientras se echan los bofes golpeando un yunque; pero la verdadera oración, esa oración sin palabras que nos pone en contacto con el Ser Supremo, por medio de la idea mística, no puede existir sin tener á la pereza por base.

La pereza, pues, no sólo ennoblece al hombre porque le da cierta semejanza con los privilegiados seres que gozan de la inmortalidad, sino que, después de tanto como contra ella se declama, es seguramente uno de los mejores caminos para irse al cielo.

La pereza es una deidad á que rinden culto infinitos adoradores; pero su religión es una religión silenciosa y práctica: sus sacerdotes la predican con el ejemplo; la naturaleza misma en sus días de sol y suave temperatura, contribuye á propagarla y extenderla con una persuasión irresistible.

Es cosa sabida que la bienaventuranza de los justos es una felicidad inmensa, que no acertamos á comprender ni á definir de una manera satisfactoria. La inteligencia del hombre, embotada por su contacto con la materia, no concibe lo puramento espiritual, y esto ha sido causa de que cada uno se represente el cielo, no tal como es, sino tal como quisiera que fuese.

Yo lo sueño con la quietud absoluta, como primer elemento de goce: el vacío alrededor, el alma despojada de dos de sus tres facultades: la voluntad y la memoria, y el entendimiento, esto es, el espíritu reconcentrado en sí mismo, gozando en contemplarse y en sentirse.

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