Roncesvalles

 

P-NA-017

Acorta distancia del pueblo de Roncesvalles hay una cruz de piedra, que antiguamente era conocida con el nombre de Cruz de los Peregrinos. Alguna mano piadosa la elevó allí, sin duda con objeto de que sirviese de punto de reposo á los que, llena el alma de fe, venían á visitar su célebre santuario desde los más apartados rincones de la Península.

Cuando llegué á este sitio, después de haber cruzado á pie las intrincadas sendas que conducen desde Burguete á Roncesvalles, serpenteando a lo largo inmensos bosques de hayas, el día tocaba á la mitad, y el sol, que hasta aquel momento se había mantenido oculto, comenzaba á rasgar las nubes brillando á intervalos por entre sueltos jirones.

La verde y tupida hierba que tapizaba el suelo, la fresca sombra de los árboles, el murmullo de las aguas corrientes, el magnífico horizonte que se desplegaba ante mis ojos, la hora del día y el cansancio del camino, todo parecía combinarse para hacerme comprender mejor la previsora solicitud de los que en siglos remotos habían colocado tan delicioso lugar de descanso al término de un penoso viaje.

Me senté al pie de la cruz, respiré á pleno pulmón el aire puro y sutil de la montaña, lleno de perfumes silvestres y de átomos de vida, dejé resbalar un momento la incierta mirada por los dilatados horizontes de verdura y de luz que desde allí se descubren, saqué un cigarro de la cartera de viaje, lo encendí, y después de encendido comencé á arrojar al aire bocanadas de humo.

En este momento me asaltó una idea extraña. He aquí, dije, hablando conmigo mismo, el punto donde el piadoso romero, vestido de un burdo sayal y apoyado en su tosco bordón, se prosternaba poseído de hondo respeto á la vista del santuario, como los peregrinos del Oriente se prosternan aún en la cima del monte que domina la ciudad santa: las ideas guerreras y religiosas, el sentimiento de la gloria nacional y de la fe, despertándose al eco de un nombre que ha consagrado la tradición, llenaban de piadoso recogimiento su alma, preparándola á penetrar con el entusiasmo del creyente en este maravilloso mundo de la leyenda, donde cada roca debía hablarle de un prodigio de valor ó de una aparición divina. Nada ha cambiado aquí de cuanto le impresionaba. Allí está la llanura, teatro de la sangrienta jornada, cuya memoria, prolongándose de siglo en siglo, ha hecho famoso el nombre de estos lugares: allí el santuario, cuya vetusta torre descuella airosa por cima de los puntiagudos tejados de pizarra de la población; á un lado y otro se descubren las gigantescas rocas de las cuales cada una lleva aún el nombre de un héroe legendario: el Pirineo, con las ásperas vertientes, sus peñascosas faldas cubiertas de bosques de abetos seculares y sus dentelladas crestas vestidas de eternas nieves, se alza hoy como ayer, sirviendo de magnífico fondo al cuadro. Este es el Roncesvalles de las caballerescas crónicas; este es el Roncesvalles de las maravillosas tradiciones, este, en fin, el Roncesvalles de nuestros poetas de romancero. ¿En qué consiste, pues, que, á pesar de todo, al descubrirlo hoy la imaginación se esfuerza en vano por considerar en torno suyo esa atmósfera de entusiasmo y de fe que le daba todo su prestigio? ¿Por qué me fatigo evocando recuerdos de los tiempos pasados para tratar de sentir una impresión grande y profunda, mientras mis miradas vagan, á pesar mío, de un punto á otro, distraídas é indiferentes? Nada ha cambiado aquí de cuanto nos rodea, es verdad; pero hemos cambiado nosotros: he cambiado yo, que no vengo en alas de la fe vestido de un tosco sayal y pidiendo de puerta en puerta el pan de la peregrinación, á prosternarme en el dintel del santuario, ó á recoger con respeto el polvo de la llanura, testigo del sangriento combate, sino que, guiado por la fama, y de la manera más cómoda posible, llego hasta este último confín de la Península á satisfacer una curiosidad de artista ó un capricho de desocupado.

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